La participación de los niños, niñas y adolescentes

Por David Ordenes[1]

Uno de los aportes fundamentales de la Convención de los Derechos de los niños, niñas y adolescentes, es el reconocerles como sujetos de derecho[2]. Este reconocimiento abre un cambio no solamente en los procesos propios de como los niños, niñas y adolescentes inician desde su primera niñez hacia adelante el aprendizaje de sus propias decisiones, de valorar el cómo participar en todo lo que les compete y afecta, sino que abre un cambio en las relaciones de nosotros los adultos/as hacia ellos/as y con ellos.

Nuestras relaciones de ayuda, de educación, de co – construcción del mundo cambian, ya que los niños, niñas y niños deben ser considerados y debemos “darnos cuenta”, en cómo van tejiendo su propia vida y en relación con los que forman parte de su entorno.

Es un aprendizaje de la libertad, de cómo ser en el mundo respetando a los demás y así mismos.

La pregunta es, si los procesos democráticos que viven los niños, niñas y adolescentes en sus familias, en la escuela, en su entorno donde viven están dando “las condiciones para que este aprendizaje y ejercicio del derecho a participar, sea acorde a la Convención”.

Al parecer el “miedo a la libertad” sigue existiendo y el disciplinamiento y la sospecha no nos permite avanzar en generar espacios de aprendizaje de las vidas democráticas para los niños, niñas y adolescentes. Este desafío aún continúa y la Ley de garantía de derechos que está iniciando su camino hacia el parlamento, tiene el deber de reconocer, como lo hace la Convención que los niños y niñas son sujetos de derechos por lo tanto tienen que “aprender haciendo”, que la participación, no es sólo que se les escuche, sino que ellos y ellas sientan de que sus derechos se hacen realidad en su vida cotidiana.

De ahí la importancia de como la ley de garantía de derechos aterriza en sus mecanismo reales espacios de participación de los niños, niñas y adolescentes en sus poblaciones, en las comunas y que si se dan estructuras ellas sean acordes y flexibles a la realidad, de manera que el aprendizaje y sus prácticas, estén en relación con lo que implica y a la vez lo lúdico de sus vidas.

La verdad que es un desafío grande para nosotros los adultos/as, lograr que los niños, niñas y adolescentes participen con todas sus capacidades y potencialidades y aprendan a que la vida democrática se aprende haciendo comunidad, compartiendo y respetando en co – construcción de un Buen Vivir para todos y todas.

Todo ello, no les resta nada a los garantes de los derechos que son el Estado y las familias, de ponerse a la altura de lo que la Convención requiere y que es cumplir con el deber de que en Chile, somos capaces de crear las condiciones para que los niños, niñas y adolescentes tengan aprendizajes democráticos, solidarios y creativos.

Algunos preguntarán como se concretiza. Para partir diríamos “decodificando nuestras formas de participar, siendo autocríticos de nuestras prácticas” y remirar que hacemos y que no hacemos para que los niños, niñas y adolescentes sean libres, fraternos y participativos.

 

[1] David Ordenes, Director Ejecutivo de la corporación La Caleta, Rep. De la S.C. ante el consejo Interministerial de Infancia y miembro del bloque por la Infancia.

[2] Artículos 12 y 13 y otros de la convención internacional de los Derechos del niño.

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